Elgar

Desde la primera nota quedé atrapado. Allí descubrí que alguien abrazado a un violonchelo, con semejante pasión, puede tocarte directamente las fibras del alma y experimentar a la vez amor, angustia, desilusión y desesperación ante la nítida visión de los destrozos causados por la muerte. No parpadeé a lo largo del primer movimiento y casi ni oía respirar a mis convecinos en aquella majestuosa sala. En las pausas apenas podía tragar saliva y abría y cerraba las manos para sentir que mi cuerpo todavía respondía. Cuando acabó, percibí un instante de silencio profundo y eterno antes de que el público mostrara su delirio con los aplausos. A través del agujero negro que había en el techo, en forma de lámpara de cristales de colores, se había canalizado toda la magia que rodeaba a aquél edificio y la había repartido entre la intérprete y la orquesta. Me quedé en la butaca sin poder apenas moverme


 

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