–Ir al Palau. Recuerdo que la orquesta estaba ya
afinando cuando entré en aquella sala, que es como de ensueño musical. Después
de levantar a casi toda la fila y ocupar mi asiento, todavía jadeante por la
carrera ¡ay que joderse con Casamajó, cómo casca el tío! Me quedé extasiado al
contemplar la arquitectura y la exuberante decoración que inundaba techo y
paredes. Esas esculturas, esas formas y relieves de motivos diversos y
sugerentes colores. ¡Si es que parecían querer salirse de su encierro de piedra
y empezar a revolotear por aquella impresionante estancia!
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